Una vez al año, cuando caía la noche del 31 de octubre, el Castillo de las Mil Máscaras abría sus puertas en el corazón de Luzenia. Nadie sabía quién había construido sus torres de piedra brillante, pero todos los niños esperaban esa noche desde enero.
Chispi llegó corriendo, con una capa roja sobre su traje y una máscara de rayo colgando del cuello. —¡Soy el primero! ¡Otra vez! —gritó, chocando los cinco con la estatua de la entrada, como hacía siempre.
Nubeli lo alcanzó despacio, ajustándose una máscara plateada que le cubría solo los ojos. —No corras tanto… —dijo, mirando las ventanas iluminadas—. Todavía no ha empezado nada.
Pero algo, esa noche, ya estaba a punto de empezar.
Dentro, Eduvaldo repartía tablets en la entrada del salón principal. En la pantalla brillaba un contador: CONFIANZA DE LUZENIA: 100%.
—Es el juego de esta noche —explicó, sereno—. Cada máscara puede enviar un mensaje anónimo a otra. Si el mensaje es amable, la confianza sube. Si no… baja.
—¡Genial! —dijo Chispi, tecleando ya un mensaje para Nubeli: «Tu máscara brilla como una estrella». La confianza subió a 101%, y todos rieron.
Pero unos minutos después, la pantalla de Nubeli vibró con un mensaje distinto. Sin firma. Sin nombre.
«Nadie te va a echar de menos si te vas temprano.»
Nubeli se quedó mirando la pantalla. Parpadeó dos veces. —Eso, no ha sido bonito —murmuró.
El contador general bajó a 95%. Y en el reflejo oscuro de una pantalla apagada, algo se movió: una sombra fina, casi transparente, que desapareció antes de que nadie pudiera fijarse en ella.
Durante la siguiente hora, los mensajes anónimos no dejaron de llegar. Alguien cambió el cartel de la entrada por uno que decía «SOLO PARA VALIENTES DE VERDAD».
Alguien escondió todas las castañas asadas detrás de una armadura. Y alguien —nadie sabía quién— empezó a mandar notas que dolían de verdad: «Ese disfraz te queda ridículo.» «Seguro que ni te has dado cuenta de que nadie te habla.»
Una fina niebla gris se coló bajo las puertas del salón. Las luces parpadearon. La confianza cayó a 80%. Después a 70%.
Chispi apretó los puños. —¡Si supiera quién es, le diría cuatro cosas! —dijo, con la voz más alta de lo normal.
Nubeli se sentó en un escalón, abrazándose las rodillas. —A lo mejor tiene razón… —susurró, sin mirar a nadie—. A lo mejor mi disfraz sí es ridículo.
Entonces la pantalla más grande del salón, la que nadie había tocado, se encendió sola. Una voz baja, casi un susurro, salió de ella.
—Qué cómodo es decir la verdad… cuando nadie sabe que eres tú quien la dice —dijo la voz, arrastrando cada palabra.
Las luces se apagaron del todo. Alguien, en algún rincón oscuro del castillo, se rio muy bajito.
Velmira encontró a Nubeli en la escalera y se sentó a su lado. —¿Sabes qué es lo curioso? —dijo después—. Las palabras que más duelen casi siempre vienen de quien no se atreve a decirlas con la cara descubierta.
Mimiela llegó despacio, del brazo de Mimosón. —Había una vez un espejo mágico —empezó ella— que solo mostraba la verdad de quien se miraba en él. Un día alguien se puso una máscara para mirarse… y el espejo, muy triste, dejó de reflejar nada. Porque una máscara esconde una cara. Pero no puede fingir un corazón.
—En mi época esas máscaras se llamaban «cartas sin firmar» —añadió Mimosón—. Al menos tardaban tres días en llegar. A uno le daba tiempo a arrepentirse.
Eduvaldo revisó su tablet, pensativo. —Este juego no dice quién eres cuando eres amable. Solo esconde quién eres cuando quieres hacer daño. Es como un espejo con la luz apagada por un lado: solo refleja oscuridad.
Entonces el tablet de Chispi vibró: un reto anónimo para subir solo hasta la Torre Oscura. Chispi dudó un segundo. Después guardó el tablet en el bolsillo. —Los héroes de verdad también saben decir que no —dijo.
En el fragmento hexagonal que Eduvaldo llevaba siempre en el bolsillo brilló, un instante, una luz muy tenue, como si el Libro de los Reflejos, en algún lugar de Luzenia, hubiera pasado una página.
La pantalla grande volvió a encenderse. La misma voz, ahora más pequeña, casi sin aire, dijo: —Volveré… el día que alguien vuelva a esconderse detrás de una máscara para decir lo que no se atreve a decir con la cara al descubierto —y se apagó, dejando solo un eco. La niebla gris se deshizo como humo bajo las puertas.
El contador subió de golpe: 90%… 95%… 100%. Las luces del castillo volvieron todas a la vez, más doradas que antes.
Chispi miró su propia máscara, colgando aún del cuello. —Creo que ya lo entendí —dijo, despacio, para variar—. Un disfraz puede esconder mi cara. Pero nunca mis valores.
Esa noche, cuando las máscaras volvieron a las cajas, el tablet de la entrada mostró un último mensaje, sin firma esta vez a propósito: «Un disfraz puede esconder tu rostro. Nunca tus valores.»
Preguntas para niños:
En el cuento, alguien le escribe a Nubeli algo feo sin firmarlo. ¿Alguna vez alguien te ha dicho algo así, escondido detrás de una pantalla? ¿Cómo te sentiste?
¿Hay algo que dirías en un chat o un juego que nunca dirías mirando a esa persona a la cara?
Preguntas para padres:
¿Cómo cambia lo que sientes al leer algo hiriente en internet cuando descubres quién lo escribió?
¿Habéis hablado alguna vez en casa de qué significa ser la misma persona dentro y fuera de una pantalla
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