El Apagón

La lluvia golpeaba rítmicamente los ventanales de Casa Fuente de Luz. La chimenea crepitaba suavemente mientras Mimiela preparaba una bandeja con galletas de lavanda y una tetera humeante.

 

– “Nada como una noche tranquila”, dijo Mimiela dejando escapar un suspiro satisfecho.

 

En el salón, Chispi, Nubeli y Velmira revisaban un álbum digital familiar.

 

-“¡Mira, mamá! Aquí estabas joven pero ya con cara de mamá”, bromeó Chispi.

 

– “No sé si tomar eso como halago o como acusación”, dijo Velmira riéndose.

 

Pero antes de que Mimiela pudiera responder, la casa entera tembló.

 

La luz parpadeó tres veces… y se apagó completamente.

 

-“Eh… ¿fue la tormenta?”, preguntó Nubeli.

 

-“O algo más”, murmuró Mimiela, mirando la oscuridad que parecía moverse.

La penumbra envolvió la sala como un manto espeso y solo se escuchaba el golpeteo de la lluvia.

 

-“Chispi”, susurró Velmira, “quédate cerca”.

 

-“No me da miedo”, respondió él, aunque su voz tembló un poco.

 

De pronto, en medio del salón, comenzaron a aparecer pequeñas siluetas luminosas con forma de móviles, tablets y relojes inteligentes, flotando como si estuvieran suspendidas de hilos invisibles.

 

-“Eso… eso no es normal, ¿verdad?”, preguntó Nubeli, apretando la mano de su madre.

 

-“No, cariño”, susurró Velmira. “Definitivamente no”.

 

Uno de los “móviles fantasmas” vibró sin sonido.

Otro parpadeó como si recibiera una notificación inexistente.

 

-“¡Eh! ¡Yo conozco ese patrón!”, exclamó Chispi. Es como cuando mi dispositivo se queda sin batería y empieza a hacer cosas raras.

 

De repente… una voz fría susurró en el aire:

 

-“Separados… desconectados… vulnerables…”

 

-“Sombrax…”, susurró Mimiela, con un tono de enfado.

 

Y entonces en el techo, una sombra alta se deslizó lentamente, como un glitch viviente.

El ambiente se cargó de ansiedad.

 

Y las siluetas de dispositivos giraban alrededor de ellos, imitando vibraciones, pitidos y notificaciones.

 

-“¡No puedo ver nada!”, se quejó Chispi. “¡Necesito mi linterna, mi consola, algo!”, exclamó él.

 

-“Respira”, lo intentó calmar Velmira. “La oscuridad no es peligrosa… lo que sientes es la ansiedad de la desconexión”, afirmó entonces ella.

 

-“Pero… pero yo siento que algo me llama”, dijo Nubeli, con los ojos muy abiertos.

 

Una sombra rodeó sus pies.

 

Y la voz de Sombrax resonó ahora más clara, como dentro de sus mentes:

 

“Luzenia duerme… vuestros dispositivos duermen… pero yo no.”, soltó Sombrax con una carcajada.

 

-“¡Fuera!”, gritó Chispi. “¡Sal de nuestras cabezas!”

 

-“No le grites”, dijo Mimiela. “No ves que él se alimenta de eso”.

 

Una de las siluetas luminosas se acercó a Eduvaldo, que acababa de llegar desde el pasillo con una linterna.

 

-“No toques eso, Eduvaldo”, advirtió Mimiela.

 

-“No tenía intención”, respondió Eduvaldo. “Esta cosa… no es tecnológica. Es emocional”, dijo él desde la voz de la experiencia.

 

-“¿Emocional?”, preguntó Velmira.

 

-“Sí, es ansiedad digital”, dijo Eduvaldo frunciendo el ceño—.

 

-“Es la sensación de que sin conexión, no existimos”, afirmó Eduvaldo.

 

-“Eso no es cierto”, susurró Nubeli.

 

-“Pero así te quiere hacer sentir”, respondió Eduvaldo.

 

De pronto, la sombra de Sombrax descendió un poco más por la pared.

 

Y sus ojos azul profundo brillaron como dos agujeros de luz azulada

 

-“Mostradme quién sois… sin vuestras pantallas”, susurró Sombrax.

 

Entonces Chispi tragó saliva temblorosamente.

 

-“No me gusta esto que ha dicho”, dijo Chispi.

Entonces Mimiela avanzó un paso hacia las siluetas flotantes.

 

-“Mis queridos… cuando yo era joven, la oscuridad era compañera, no enemiga”, dijo Mimiela.

 

-“Pero ahora todo está conectado, abuela”, dijo Chispi.

 

-“Precisamente por eso debemos recordar cómo brilla el corazón cuando el mundo se apaga”, recordó Mimiela.

 

Entonces los hizo sentarse a todos en el sofá de la sala de estar.

 

-“Acercaos”, pidió Mimiela con voz cálida.

 

Los 4 se sentaron tal y como Mimiela les dijo.

 

-“Vamos a hacer lo mismo que hacíamos cuando el pueblo se quedaba sin luz”, dijo Mimiela. “Nos contaremos historias”.

 

-“¿Historias?”, preguntó Chispi, confundido.

 

-“Sí”, respondió Mimiela. “¿O prefieres escuchar los susurros de Sombrax?”, dijo ella.

 

Chispi se negó rápidamente a seguir escuchando los susurros de Sombrax.

 

Entonces Mimiela empezó a narrar una de sus historias de cuando era pequeña.

 

-“Chispi, Nubeli, dadme tu mano, necesitamos sincronizar nuestras emociones, no nuestras pantallas”, dijo Eduvaldo.

 

-“¿Así?”, preguntó Nubeli, cerrando los ojos y dándole la mano.

 

-“Justo así”, sonrió Eduvaldo.

 

Entonces de repente la sombra de Sombrax se retorció, incómodamente.

De repente las vibraciones fantasmas se apagaron una por una.

 

Las siluetas digitales se disolvieron como humo empujado por un viento invisible.

 

Sombrax retrocedió hacia una esquina y sus ojos azul profundo se fueron apagándo lentamente.

 

-“Vuestra… calma… me debilita…”, susurró Sombrax con frustración.

 

En ese mismo instante, un clic resonó en toda la casa.

 

Y la luz volvió, primero como un susurro… luego con toda su claridad.

 

-“¡Funcionó!”, ¡volvió la energía!, gritó Chispi

 

-“Y no gracias a Sombrax”, añadió Velmira.

 

En la pared, reflejada por la lámpara recién encendida, apareció una geometría luminosa…

 

El octavo fragmento del Patrón Hexagonal, brillando suavemente.

 

-“Las sombras siempre dejan pistas”, sonrió Mimiela.

Esa noche, al acostar a los niños, Mimiela se sentó en el borde de la cama.

 

“-Cuando se apaga el mundo digital, se enciende el mundo real”, dijo suavemente Mimiela. “No lo olvidéis”.

 

En el pasillo, la Niebla Digital dejó un rastro que se desvaneció lentamente…

como si Sombrax no hubiera terminado.

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