La mañana en la Escuela Horizonte Digital estaba llena de ruido y pantallas encendidas.
Muchos alumnos hablaban emocionados de una nueva aplicación.
—¡Nubeli, ven a ver esto! —dijo Chispi levantando su dispositivo.
En la pantalla aparecían perfiles brillantes.
Fotos perfectas.
Colores intensos.
—¿Qué es? —preguntó Nubeli.
—La nueva red social de Luzenia —respondió Chispi—. Aquí puedes crear tu perfil perfecto.
Nubeli observó las imágenes.
Todos parecían felices.
Todos parecían increíbles.
—Parece un mundo de sueños —murmuró.
La aplicación mostraba un mensaje luminoso:
“Comparte tu mejor versión.”
Nubeli decidió probarla.
Se sentó bajo un árbol luminoso del patio.
Tomó una foto.
La aplicación la transformó al instante.
Más luz.
Más brillo.
Más color.
—¡Guau! —dijo Nubeli sorprendida.
—Ahora sí pareces una estrella digital —bromeó Chispi.
En ese mismo momento, una sombra se deslizó por el borde de la pantalla.
Nadie la vio.
Pero estaba allí.
Sombrax observaba.
Durante la tarde comenzaron a llegar notificaciones.
Corazones.
Comentarios.
Nuevos seguidores.
Nubeli se sorprendió.
—Hay mucha gente viendo mi perfil.
—Te lo dije —respondió Chispi—. Esta app engancha.
Entre los mensajes apareció uno nuevo.
Un usuario llamado LuzEstelar.
Su perfil parecía de un chico de su edad.
“Tu perfil es muy bonito.”
Nubeli respondió con educación.
—Gracias.
Durante un rato intercambiaron mensajes normales.
Hablaron de música.
De juegos.
De la escuela.
Pero después llegó otro mensaje.
Uno diferente.
“Tu foto es bonita… pero sería más especial si fuera solo para mí.”
Nubeli frunció el ceño.
—¿Solo para ti?
La respuesta apareció enseguida.
“Sí. Una foto privada. Nadie más la verá.”
La pantalla volvió a brillar.
Sombrax sonrió desde la sombra digital.
—La confianza… siempre abre puertas.
Nubeli dudó durante unos segundos.
Miró alrededor.
Muchos compañeros usaban la misma aplicación.
Parecía algo normal.
—Chispi —preguntó—, ¿alguna vez alguien te ha pedido una foto privada?
Chispi levantó la mirada.
—¿Privada cómo?
—Que solo la vea esa persona.
Chispi se encogió de hombros.
—Si es solo para esa persona… supongo que no pasa nada.
Nubeli volvió a mirar el mensaje.
“Confío en ti.”
“Solo la veré yo.”
La tarde caía lentamente sobre Luzenia.
Las luces comenzaban a encenderse.
Nubeli respiró hondo.
Tomó una foto.
Una foto más personal.
Presionó enviar.
Durante unos minutos todo parecía tranquilo.
El chat quedó en silencio.
Pero entonces comenzaron las notificaciones.
Una.
Dos.
Diez.
Nubeli abrió la aplicación.
Su foto estaba en otro perfil.
Luego en otro.
Luego en otro.
La imagen estaba circulando por toda la red.
Ya no era privada.
En el reflejo de la pantalla apareció el rostro de Sombrax.
—En Internet… lo privado puede desaparecer muy rápido.
La tarde se había vuelto silenciosa en la Plaza del Vínculo.
Las luces de la ciudad reflejaban en la fuente.
Nubeli estaba sentada mirando su dispositivo.
Sus ojos mostraban preocupación.
Chispi se acercó despacio.
—Oye… ¿estás bien?
Nubeli negó con la cabeza.
—La foto que envié… está por todas partes.
Chispi abrió mucho los ojos.
—¿La compartieron?
—Sí.
Nubeli suspiró.
—Pensé que solo la vería esa persona.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Solo se escuchaba el agua de la fuente.
Nubeli habló en voz baja.
—Siento que esa foto ya no es mía.
Desde una sombra cercana, Sombrax observaba.
Sus ojos azules brillaban.
—La exposición… siempre empieza con una pequeña decisión.
En ese momento apareció Eduvaldo caminando por la plaza.
Su presencia transmitía calma.
—Parece que algo te preocupa —dijo con suavidad.
Nubeli le explicó todo.
El mensaje.
La foto.
Las copias que habían aparecido.
Eduvaldo escuchó atentamente.
Luego activó su cinturón azul luminoso.
Un holograma apareció sobre la fuente.
Una imagen.
Luego dos.
Luego diez.
Luego cientos.
—Cuando una imagen entra en Internet —explicó Eduvaldo— puede copiarse muchas veces.
—Incluso sin permiso.
Mimosón se acercó lentamente.
—Es como lanzar una pluma al viento —dijo con su voz tranquila.
—Nunca sabes dónde terminará.
Mimiela añadió con dulzura:
—Por eso los secretos importantes se cuidan.
Nubeli miró el holograma.
—Entonces… ¿no puedo hacer nada?
Velmira se arrodilló junto a ella.
—Sí puedes.
—Puedes decidir qué compartes la próxima vez.
Eduvaldo cambió la imagen del holograma.
Ahora aparecía una pregunta brillante.
“¿Compartirías esta foto delante de toda la Plaza del Vínculo?”
Chispi sonrió.
—Esa es fácil.
—Si la respuesta es no… entonces tampoco deberías enviarla en Internet.
Nubeli pensó unos segundos.
—Creí que era privado.
Eduvaldo asintió.
—En Internet, lo privado puede volverse público muy rápido.
La luz lavanda de Nubeli comenzó a brillar suavemente.
Las sombras retrocedieron.
Sombrax observó desde lejos.
Un poco más débil.
Al día siguiente Nubeli abrió la aplicación otra vez.
Pero no subió ninguna foto.
En su perfil escribió una frase sencilla.
“Mi intimidad también es parte de mi luz.”
Chispi leyó el perfil.
—Ese sí que es un perfil perfecto.
Preguntas para niños:
¿Enviarías una foto que no mostrarías en clase?
¿Confiarías en alguien que solo conoces por Internet?
Preguntas para padres:
¿Hablamos en casa sobre qué fotos no compartir?
¿Nuestros hijos nos contarían si alguien les pide una foto privada?
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