El Centro de Salud Bienestar Conectado olía a menta y a pantallas recién encendidas.
Mimiela había entrado con la Dra. Armonía Vitalis hacía ya veinte minutos. Chispi y Nubeli esperaban en la sala de espera, sentados en sillas blandas de color verde, rodeados de plantas que parpadeaban suavemente con sensores de luz.
—Aburridísimo —murmuró Chispi, balanceando los pies.
Nubeli miraba el techo con los ojos entrecerrados.
—Hay una tablet allí —dijo por fin, señalando hacia la mesita del rincón.
Chispi ya estaba de pie antes de que ella terminara la frase.
La pantalla mostraba un juego llamado La Rueda sin Fin con el subtítulo: Convierte tus hábitos en aventura. Chispi tocó el icono sin pensarlo dos veces.
El juego era sencillo: cada vez que completabas un hábito —beber agua, dar pasos, respirar hondo—, una rueda de colores giraba y desbloqueabas un nivel nuevo. La animación era preciosa. Los sonidos, perfectos.
—¡Nivel cuatro! —exclamó Chispi en voz baja.
Nubeli se acercó y miró por encima de su hombro.
—¿Cuántos niveles tiene?
—No sé. Muchos.
En la pantalla, la rueda siguió girando.
En el reflejo del cristal de la mesita, una sombra se movió hacia la izquierda. Pero cuando Nubeli parpadeó, ya no había nada.
Pasó media hora. Luego una hora entera.
Mimiela salió de la consulta con una sonrisa y su bolso de bordados dorados. Buscó a los niños con la vista y encontró a Chispi exactamente donde lo había dejado.
No había movido ni un dedo. Tenía los ojos fijos en la pantalla y los pulgares moviéndose sin parar.
—Chispi, cariño, ya podemos irnos.
—Un momento. Solo un nivel más.
Nubeli miró las manos de su hermano. Tenían un pequeño temblor, casi invisible. Como hojitas en una tormenta quieta.
—Chispi… —Llamó en voz baja.
—¡Ya casi estoy, Nubeli!
Mimiela frunció el ceño suavemente. Vio el número en la esquina de la pantalla: nivel cuarenta y siete.
Entonces una voz suave salió del altavoz de la tablet.
—Solo un nivel más… ¿No es eso lo que siempre dices?
Chispi levantó la vista de golpe. La rueda había dejado de girar. En el centro de la pantalla parpadeaba una silueta elegante, con ojos azul profundo y una sonrisa que no llegaba a ser una sonrisa.
—Sombrax —susurró Nubeli, dando un paso atrás.
Las luces de la sala parpadearon. Una niebla digital, gris y silenciosa, comenzó a deslizarse por los bordes de la pantalla.
—Cuántos niveles has completado —dijo la voz—. Y cuántos te quedan todavía.
Chispi intentó dejar la tablet sobre la mesita.
Sus dedos volvieron solos.
Fue Mimiela quien habló primero.
Se sentó despacio a su lado, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—¿Te cuento algo, Chispi?
Él no respondió, pero ella siguió de todas formas.
—Había una vez un río que prometía llevar siempre a un lugar mejor. La gente remaba y remaba, feliz, porque el paisaje era precioso. Pero el lugar mejor… siempre estaba un poco más allá. Y el río nunca tenía orilla.
Chispi frunció el ceño sin apartar los ojos de la pantalla.
—No es un cuento de verdad.
—Todos los cuentos de verdad son así de incómodos —respondió Mimiela.
En ese momento llegaron Eduvaldo y Velmira a recogerlos. Eduvaldo activó su cinturón holográfico en cuanto vio la escena.
—A ver esto.
Una proyección verde reveló el diseño del juego. Eduvaldo lo señaló con calma.
—Este juego no tiene pantalla de fin, Chispi. No hay nivel que diga «has ganado». La rueda siempre tiene uno más. Como una escalera sin último escalón: puedes subir para siempre y nunca llegar a ningún sitio.
—¿Pero por qué? —preguntó Chispi, y por primera vez su voz sonó pequeña.
—Porque cada vez que subes un nivel, tu cerebro pide otro. Y el juego lo sabe perfectamente.
Velmira se agachó a su altura.
—¿Cómo tienes las manos?
Chispi las miró. Seguían temblando un poco.
—Raras —admitió.
Eduvaldo cerró la proyección. La niebla digital se disipó lentamente, como humo después del viento. En la pantalla, la silueta de Sombrax empezó a desdibujarse.
—Volverás —susurró la voz desde el altavoz—. Siempre vuelven.
La tablet se apagó.
Chispi la dejó sobre la mesita. Esta vez sí pudo.
Se quedó un momento mirando sus propias manos. Luego levantó la vista.
—Era demasiado perfecto para ser verdad —dijo despacio.
En el cinturón de Eduvaldo, por un instante brevísimo, un fragmento de patrón hexagonal brilló con luz azul. Luego se apagó, como si guardara el recuerdo de lo que había pasado.
De camino a casa, el cielo de Luzenia estaba lleno de nubes naranjas.
Chispi caminaba entre Mimiela y Nubeli, con las manos en los bolsillos.
—¿Cómo sabes cuándo parar si el juego nunca para? —preguntó de pronto.
—Esa —dijo Eduvaldo— es exactamente la pregunta correcta.
¿Alguna vez has dicho «solo un nivel más» y han pasado horas? ¿Cómo decidís en casa cuánto tiempo es suficiente antes de empezar a jugar?
Antes de jugar, acordad en familia cuánto tiempo es suficiente hoy.
Preguntas para niños:
¿Alguna vez dijiste «solo un momento más» con un juego o una pantalla y de repente te diste cuenta de que había pasado mucho tiempo? ¿Cómo te sentiste después?
Si Chispi fuera tu amigo y te pidiera consejo para saber cuándo parar, ¿qué le dirías?
Preguntas para padres:
¿Cuándo fue la última vez que dejaste el móvil, la serie o la pantalla porque tú quisiste, sin que nada te obligara a parar?
¿Habéis hablado alguna vez en casa de cuánto tiempo es «suficiente» antes de empezar a jugar o ver algo juntos? ¿Qué pasaría si lo decidierais entre todos hoy?
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