La Hoguera Digital de San Juan

La noche de San Juan había llegado a Luzenia.

Era una de las celebraciones más esperadas del

año. Las calles estaban llenas de farolillos brillantes, música alegre y familias paseando bajo un cielo repleto de estrellas.

En el centro de la Plaza del Vínculo se alzaba la gran Hoguera Digital.

No estaba hecha de madera.

Estaba hecha de palabras.

Cada deseo, cada agradecimiento y cada mensaje positivo que los habitantes enviaban desde sus dispositivos se convertía en una chispa luminosa que viajaba por el aire hasta alimentar la enorme llama digital.

—¡Es más grande que el año pasado! —exclamó

Chispi mientras corría alrededor de la plaza.

Pequeñas chispas azules saltaban de sus manos cada vez que se emocionaba.

—Porque cada vez hay más personas compartiendo cosas bonitas —respondió Nubeli observando la hoguera con una sonrisa.

Su luz lavanda brillaba suavemente mientras contemplaba los mensajes que flotaban alrededor de las llamas.

Muy cerca de ellos, Mimiela repartía pequeños dulces de San Juan.

—Las palabras son como semillas —dijo mientras ofrecía una bandeja a varios niños—. Si las cuidamos, pueden crecer cosas maravillosas.

Mimosón asintió mientras acariciaba su barba.

—Y algunas semillas viajan mucho más lejos de lo que imaginamos.

Mientras tanto, Eduvaldo revisaba los sistemas de la hoguera con ayuda de su cinturón holográfico.

—Todo está funcionando perfectamente —anunció satisfecho.

Velmira observó la plaza llena de familias y sonrió.

—Es una noche para compartir luz.

La hoguera siguió creciendo.

Miles de mensajes aparecían uno tras otro.

«Que tengamos un verano divertido.»

«Que nunca falten los amigos.»

«Que mi familia sea feliz.»

«Gracias por estar siempre conmigo.»

Cada mensaje hacía que las llamas brillaran un poco más.

Entonces apareció uno diferente.

«Espero que Chispi no rompa nada este verano.»

La plaza entera soltó una carcajada.

—¡Eh! ¡Solo rompo cosas algunas veces! —protestó Chispi mientras reía.

Las bromas comenzaron a multiplicarse.

«Espero que Mimosón no cuente historias de tres horas.»

«Espero que Eduvaldo no revise los deberes en vacaciones.»

«Espero que alguien enseñe a bailar a Tomás.»

La gente seguía riendo.

Parecía divertido.

Pero poco a poco los mensajes comenzaron a cambiar.

Algunas bromas empezaron a señalar siempre a las mismas personas.

Algunos niños ya no se reían.

Nubeli observó la pantalla.

Algo no le gustaba.

La luz lavanda de sus manos parpadeó ligeramente.

—¿Lo notas? —preguntó.

—¿El qué? —respondió Chispi.

—No lo sé… pero algo está cambiando.

Entonces ocurrió.

Por un instante, entre los reflejos de la hoguera apareció una sombra.

Una figura elegante.

Una sonrisa silenciosa.

Dos ojos azul profundo.
Sombrax.

Nadie pareció verlo.

Nadie excepto Nubeli.

La sombra caminó entre los mensajes luminosos.

Y comenzó a tocarlos.

Una broma que decía:
«Siempre llegas tarde.»

Se transformó lentamente.

Ahora decía:
«Siempre haces todo mal.»

Otra cambió.
Y otra.
Y otra más.

Las risas comenzaron a sonar distintas.

Más incómodas.
Más hirientes.

La hoguera empezó a perder brillo.
—¡Mirad! —gritó Chispi.

Las llamas digitales estaban parpadeando.
Eduvaldo activó rápidamente su cinturón holográfico.

Cientos de mensajes aparecieron flotando sobre la plaza.

—Alguien está alterando las palabras —dijo preocupado.

—No es alguien —susurró Nubeli.

En ese momento, la sonrisa de Sombrax apareció reflejada en la pantalla.

—Las bromas son maravillosas —susurró una voz que parecía venir de todas partes—. Solo necesitan un pequeño empujón.

Un escalofrío recorrió la plaza.

Velmira observó a varios niños.

Uno había bajado la mirada.

Otro se alejaba de la pantalla.

Una niña parecía triste.

—Las palabras están empezando a hacer daño —dijo.

—Pero solo son bromas —respondió Chispi.

—A veces quien escribe una broma no sabe cómo se siente quien la recibe —explicó Velmira suavemente.

La hoguera lanzó un gran destello.

De repente, el centro de las llamas se abrió formando un enorme portal de luz.

Dentro podía verse un extraño mundo formado por mensajes flotantes.

—Sombrax está dentro del Corazón del Fuego —dijo Eduvaldo.

—Tenemos que detenerlo —afirmó Chispi.
Sin pensarlo dos veces, él y Nubeli atravesaron el portal.

Al otro lado encontraron un lugar increíble.

Caminos de luz suspendidos en el aire.

Mensajes brillando como estrellas.

Palabras flotando por todas partes.

Pero también había sombras.

Mensajes deformados.

Comentarios oscuros.

Palabras que parecían haber perdido su luz.

En el centro de todo estaba Sombrax.
—¿Sabéis cuál es mi truco favorito? —preguntó mientras caminaba entre los mensajes.

Cada vez que tocaba uno, este se oscurecía.
—No necesito crear nada nuevo. Solo hago crecer aquello que ya existe.

Una broma impulsiva.

Un comentario sin pensar.

Una risa equivocada.

Y el resto ocurre solo.

Chispi apretó los puños.

Pequeñas chispas azules saltaron de sus manos.
—¡Déjalos en paz!

Nubeli observó atentamente los mensajes.

Entonces descubrió algo.

Los mensajes amables seguían brillando.

Sombrax no podía tocarlos.

—¡Chispi! —gritó—. ¡Los mensajes respetuosos son más fuertes que él!

Desde la plaza, Eduvaldo proyectó un holograma.

—Todo lo que enviamos por Internet puede llegar mucho más lejos de lo que imaginamos.

—Y puede afectar a personas que ni siquiera vemos —añadió Velmira.
Mimosón sonrió.

—Antes las palabras viajaban por el viento. Ahora viajan por las pantallas.
Mimiela añadió:

—Pero siguen teniendo el mismo poder.
Entonces Chispi comenzó a reunir mensajes positivos.

«Gracias.»
«Eres un buen amigo.»
«Me gusta jugar contigo.»
«Siempre me ayudas.»

Nubeli los iluminó con su luz lavanda.

Los mensajes se unieron formando una enorme corriente luminosa.

La luz atravesó el Corazón del Fuego.

Sombrax retrocedió.

Las sombras comenzaron a romperse.
—No podéis detenerme para siempre… —susurró.

—Quizá no —respondió Nubeli—. Pero sí podemos elegir nuestras palabras.

La luz se hizo más intensa.

Las chispas de Chispi se mezclaron con la energía de Nubeli.

Miles de mensajes positivos comenzaron a girar alrededor de la hoguera.

Sombrax desapareció entre humo digital.

Y la oscuridad se desvaneció.

Un instante después, Chispi y Nubeli volvieron a encontrarse en la plaza.

La Hoguera Digital brillaba más fuerte que nunca.

Las familias sonrieron.

Los mensajes positivos volvieron a llenar el cielo.

Chispi observó las llamas.
—Las bromas también viajan por Internet.

Nubeli asintió.
—Y por eso debemos pensar cómo pueden sentirse los demás.

Desde aquella noche, todos los habitantes de

Luzenia recordaron algo importante:

Aprendiendo en Família

Preguntas para niños:

¿Alguna vez has escrito o dicho una broma sobre alguien y luego te has dado cuenta de que no le hizo gracia? ¿Cómo te sentiste tú?

Si recibieras un mensaje que te hiciera sentir mal, ¿a quién se lo contarías?

Preguntas para padres:

¿Sabéis qué tipo de mensajes envían vuestros hijos por Internet y cómo creen que los reciben los demás?

¿Habéis hablado en casa de la diferencia entre una broma que une y una broma que hiere?

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