El Taller Recalibración olía a aceite de máquina y a café quemado. El Sr. Engranaje tenía esa costumbre de no levantar la vista de lo que estaba haciendo hasta que tenía algo que decir, y cuando lo decía, siempre valía la pena esperar.
Eduvaldo entró con la tableta de Chispi en las manos y la dejó sobre el banco de trabajo.
—Desde hace tres días nos llega publicidad de cosas que solo hemos dicho en voz alta en casa —dijo—. Nunca buscadas. Solo habladas.
El Sr. Engranaje dejó la llave que tenía en la mano y miró la tableta.
Todo había empezado cuatro días antes. Chispi había descargado una app de juegos recomendada por un amigo del colegio. Gratis, con buenas valoraciones, colores brillantes.
—¿Puedo descargarla? —había preguntado.
—¿Qué permisos pide? —dijo Eduvaldo.
—No sé. —Chispi ya estaba pulsando el botón de instalar—. Aquí dice «Aceptar todo».
Eduvaldo quiso decir algo, pero Chispi ya tenía el juego abierto.
Al día siguiente, Velmira recibió un anuncio de zapatos del modelo exacto que había mencionado en el desayuno. «¿No quedan bien unos zapatos rojos con este abrigo?» había dicho, sin abrir ningún navegador, sin buscar nada.
Al día siguiente, Eduvaldo vio un anuncio del libro que había comentado querer leer en voz alta mientras preparaba la cena.
—Algo escucha —dijo Velmira esa noche, en voz baja.
En el Taller, el Sr. Engranaje conectó la tableta a su equipo de análisis. En la pantalla apareció un diagrama: cada vez que Chispi abría la app, el micrófono se activaba. Los datos de conversación se enviaban a un servidor externo. Y desde allí, algo más oscuro.
—Esto —dijo el Sr. Engranaje, señalando un nodo del diagrama— es una subasta. Ocurre en milisegundos. Empresas de todo el mundo pujan por vuestros datos: qué decís, qué os gusta, cuántos años tenéis, dónde vivís. El ganador os manda el anuncio.
—¿Y todo eso pasa porque Chispi aceptó los permisos? —preguntó Eduvaldo.
—Todo eso pasa porque la app es gratis —dijo el Sr. Engranaje.
Eduvaldo abrió el cinturón holográfico. En el aire flotó la imagen de la subasta: cientos de flechas de datos saliendo del dispositivo en todas las direcciones, yendo a parar a manos invisibles.
—Hay una frase —dijo Eduvaldo, mirando el diagrama— que resume exactamente esto.
Esa noche, en la Casa Fuente de Luz, Chispi escuchó la explicación sin decir nada durante un buen rato.
—Pero si solo es un juego —dijo al final.
—El juego es la carnada —dijo Eduvaldo—. Lo que vale eres tú.
Chispi miró la tableta. Luego la pantalla de inicio, donde la app brillaba con sus colores llamativos.
—«Cuando algo es gratis, lo que se vende eres tú» —dijo en voz baja, como probando si la frase encajaba con lo que sentía.
Encajaba perfectamente.
La app fue desinstalada. Los anuncios extraños tardaron dos días en desaparecer.
Mimosón, que había escuchado todo desde el sillón, cerró su libro.
—En mis tiempos también había cosas así. Se llamaban folletos publicitarios. La diferencia es que esos no escuchaban.
Preguntas para niños:
Chispi pulsó «Aceptar todo» sin leer los permisos porque quería jugar cuanto antes. ¿Tú también lo has hecho alguna vez? ¿Qué crees que aceptaste?
Si una app te pide acceso al micrófono para jugar, ¿para qué crees que lo necesita?
Preguntas para padres:
¿Leéis los permisos antes de instalar apps en vuestros dispositivos? ¿Y en los de vuestros hijos?
¿Habéis notado alguna vez publicidad de algo que solo habíais mencionado en voz alta? ¿Qué pensasteis en ese momento?
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