El viernes por la tarde tenía un aroma particular en La Casa Fuente de Luz: canela caliente y el suave zumbido del holoproyector apagado. Velmira recogía los platos del desayuno tardío cuando escuchó pasos rápidos en las escaleras.
—¡Ya estoy arriba! —dijo Nubeli sin girarse siquiera.
Eso era nuevo.
Normalmente Nubeli se quedaba un momento en la cocina, cogía una mandarina, preguntaba qué había para cenar. Pero últimamente subía corriendo, como si el móvil la llamara con más urgencia que cualquier otra cosa.
Velmira la siguió con la mirada hasta que los pasos se perdieron en el piso de arriba. Y entonces, sin saber muy bien por qué, sintió un pellizco pequeño en el pecho.
Esa noche, mientras ordenaba la habitación de Nubeli, el móvil de su hija zumbó tres veces seguidas. Velmira no lo tocó. Pero la pantalla se iluminó sola y ella vio, sin querer, tres notificaciones de tres aplicaciones distintas. Tres nombres de usuario distintos. Tres fotos de perfil distintas.
Una era Nubeli sonriendo con ropa elegante.
Otra era una chica de negro con el pelo tapándole la cara.
La tercera no tenía foto —solo una silueta gris y el nombre nadie_en_ningún_lugar.
Velmira dejó la almohada que sostenía.
En el espejo del armario, creyó ver por un instante algo que no era su reflejo: una silueta oscura que se fragmentaba en tres, como luz a través de un prisma roto. Un segundo después, no había nada. Solo su propio rostro, con el ceño fruncido.
El sábado lo confirmó todo.
Por la mañana, Nubeli desayunó con Mimiela y era la de siempre: risueña, un poco soñadora, robándole a la abuela los últimos trocitos de bizcocho. Pero cuando llegó una amiga del colegio a buscarla, Nubeli se transformó antes de abrir la puerta. Se cambió la camiseta, se soltó el pelo y bajó las escaleras con una expresión que Velmira no había visto antes. Más dura. Más construida.
—¿Quién era esa? —preguntó Mimiela en voz baja cuando se fueron.
—Mi hija —dijo Velmira. Y luego, más despacio—: Creo.
Por la tarde, Nubeli volvió con los ojos cansados. Se sentó en el sofá y cuando Velmira le preguntó cómo había ido, tardó demasiado en contestar.
—Bien —dijo al fin. Pero lo dijo mirando al suelo.
—¿Cuándo fue la última vez que te miraste al espejo sin el móvil delante? —preguntó Velmira muy despacio.
Nubeli la miró. No dijo nada. Y ese silencio lo dijo todo.
—¿Para quién eres tú? —susurró entonces una voz que no era de ninguna persona presente. Salía del móvil posado en la mesa, aunque la pantalla estaba apagada—. ¿Para ellos? ¿Para los otros? ¿O ya ni tú lo sabes…?
La pantalla parpadeó un instante. Velmira se levantó y la giró boca abajo.
Eduvaldo llegó esa noche con el cinturón holográfico encendido antes de quitarse el abrigo.
—Nubeli, ¿me enseñas los tres perfiles?
Nubeli los abrió en silencio. Eduvaldo proyectó sobre la mesa tres figuras de luz que se movían de forma distinta, sin tocarse entre sí.
—¿Ves cómo no se miran? —dijo—. Cada perfil cree que es el único. Y mientras cada uno intenta ser diferente, el que las sostiene a todas eres tú. Es como actuar tres obras de teatro a la vez, en tres teatros distintos, completamente sola.
Nubeli lo miró.
—Eso suena agotador.
—Porque lo es —dijo Eduvaldo.
Mimiela, que había escuchado todo desde el sillón sin decir nada, se acomodó despacio.
—Había una vez una chica que tenía tres vestidos: uno para las fiestas, uno para trabajar y uno para estar sola. Un día los llevó todos puestos a la vez, porque no sabía cuál era el bueno. Y se cayó —dijo Mimiela, levantando un dedo—. No porque los vestidos fueran malos. Sino porque ningún cuerpo puede ir en tres direcciones al mismo tiempo.
Nubeli se mordió el labio. Sus ojos brillaron levemente con esa luz lavanda que tenía cuando algo le calaba de verdad.
—¿Y cuál era el bueno? —preguntó.
Mimiela sonrió.
—El que llevaba cuando nadie miraba.
Cerraron los dos perfiles falsos esa noche, uno a uno. Nubeli tardó un poco en el segundo. Pero lo hizo.
Cuando apagó la última pantalla, el móvil emitió un zumbido extraño, casi como una queja. Y desde algún lugar entre la pantalla y la oscuridad, una voz suave y sin cuerpo susurró:
—Volverán a buscarme cuando no sepan quiénes son.
Y se fue.
Nubeli miró a su madre con los ojos brillantes.
—Era raro —dijo—. Creía que siendo muchas al mismo tiempo agradaba a más gente. Pero cuantas más era… menos sabía cuál era yo.
Velmira la miró durante un momento largo. Luego le apartó el pelo de la cara y dijo, despacio, como si acabara de entenderlo del todo:
—No importa en cuántos lugares estés. Lo que importa es que en todos seas tú.
Nubeli asintió. Y por primera vez en días, se miró al espejo sin apartarse.
En algún lugar del bolsillo de Eduvaldo, el fragmento hexagonal parpadeó un instante con luz turquesa. El Eco de Fragmentación había rozado a la familia. Esta vez, no había podido quedarse.
Preguntas para niños:
En el cuento, Nubeli tenía un perfil «perfecto», uno «rebelde» y uno «invisible». ¿Alguna vez has sentido que eres una persona distinta según con quién estás o en qué red? ¿Cómo te sientes cuando cambias de «modo»?
Si tuvieras que describir quién eres con una sola foto de perfil y un solo nombre de usuario, ¿qué pondrías? ¿Te costaría elegir?
Preguntas para padres:
¿Cuándo fue la última vez que publicaste algo tal como eres, sin editarlo ni pensarlo dos veces? ¿Qué te frenó o qué te lo hizo fácil?
Esta semana podéis hacer juntos algo sencillo: revisad los perfiles que tiene tu hijo o hija y los que tienes tú, y elegid uno solo para cada red que refleje quién sois de verdad. Sin presión, solo para ver qué queda cuando se quita lo que no es necesario.
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